Par Angélica Montes
Résumén:
El presente trabajo es una reflexión libre en torno a la participación de las mujeres en la construcción política de Colombia durante la última década del siglo XX. En ese orden de ideas el ensayo muestra -en términos estadísticos- la baja capacidades de liderazgo y poder de convocatoria de las mujeres en la política del país: las que han ocupado un lugar destacado ha sido en representación del bipartidismo, por ello habría feministas que ven en este hecho la postergación de la creación de un nuevo tipo de liderazgo político desde una perspectiva de genero. Ya que estas mujeres de política que llegan “apadrinadas” por el bipartidismo, reproducirían las practicas políticas masculinas (1). En oposición a estas están aquellas que se resisten a esta metástasis política y optan, entonces, por un auto-marginamiento consciente
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Durante los procesos de la urbanización e industrialización del país, las mujeres asumieron un protagonismo al invadir, de forma masiva, el sistema educativo y el mercado laboral, hasta el punto que el economista Miguel Urrutia, considera que la única revolución colombiana del siglo pasado fue la revolución femenina (una revolución que hasta hace poco afirmábamos, se había hecho en forma silenciosa y sin necesidad de tomar el fusil) no ha ocurrido igual con la política, este es un escenario en el que las colombianas no se han visto triunfadoras, por lo que cave preguntarse ¿Cuáles, son las posibles razones por las cuales las mujeres colombianas, del siglo XX, no inveden también la política?.
I. LOS AÑOS 90: GRANDES CAMBIOS, GRANDES OMISIONES
Si bien podemos afirmar que durante el ultimo decenio las mujeres colombianas sé involucraron con mayor éxito, ya sea de forma directa o indirectamente, con el manejo de los destinos económicos, académicos y culturales del país, no ha sucedido lo mismo con el poder político.
La política ha representado un escenario esquivo para las mujeres. Aquellas que, durante las cuatro primeras décadas del siglo pasado intentaron arribar con éxito a este puerto, recibieron todo el rigor y el peso de una tradición política marcadamente masculina. Mientras que aquellas que lograron y logran una vinculación significativa, lo hacen de la mano del bipartidismo y bajo la mirada vigilante de este, lo que les significa reproducir las practicas políticas masculinas: los mismos discursos, el mismo manejo de compromisos políticos, las mismas banderas bipartidistas, de modo que se alejan cada vez más de una transformación sustancial del manejo del poder, alejan de sus propios intereses individuales y de género, asumen una especie de darwinismo político al interior del cual solo sobreviven las mejores adaptadas.
Las estadísticas indican que en Colombia las mujeres si han estado representadas, en los últimos gobiernos, así por ejemplo, la participación de estas en el gabinete presidencial pasó de 26% en 1988 a 33% en 1996, en los Departamentos Administrativos de 25% a 30% y en la Superintendencia de 23% a 36 % para el mismo periodo[1].
No obstante estos indicadores optimistas de participación, la realidad es que tales vinculaciones vienen de parte del bipartidismo: las mujeres que han participado en las administraciones gubernamentales lo han hecho en su condición de miembros representantes de un partido. Lo que nos podría hacer pensar que “ellas solo se ponen la camisa de jugadores del equipo”, no para transformar la estrategia de juego sino para acoplare y reforzar las líneas de defensa de este.
La verdadera participación de las colombianas en el campo de la política se refleja en las estadísticas electorales y en estas, como quedo consignado durante las elecciones del año 1994, las mujeres son las grandes ausentes: así tenemos que solo un 6% de mujeres inscribieron sus nombres como candidatas al Senado, frente a un 93.2% de candidatos hombres, un 11.0% de mujeres aspirando a la Cámara, frente a un 89.0% de hombres, un 6.25% de mujeres disputando las Gobernaciones del país, frente a un 93.65% de hombres y tan solo un 5.89% de mujeres candidatas para las Alcaldías frente a un 94.13% de hombres.[2]
Este ausentismo político parece haberse fortaleció históricamente, entre otras razones, por la división en las esferas: público y privado, de la participación en el mundo de lo social. División que redujo las capacidades políticas de la mujer, ya que le otorga a esta un rol de acompañante, exigiéndole un desempeño anónimo que le convirtie en esa colaboradora no reconocidas públicamente por sus compañeros de lidias políticas. Los que en recompensa a su lealtad y compromiso acogerán aquella celebre frase “detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer” para elogiar la noble entrega y el compromiso político de estas.
A ello se restringe el reconocimiento de la labor de muchas mujeres políticamente brillantes, ya que al final de cuentas, como afirma Florence Thomas refiriéndose a la situación de la mujer colombiana de las primeras décadas del siglo XX, la mujer no dejaba de ser “(..) Esta metáfora de lo femenino que una feroz historia patriarcal había construido a lo largo de los siglos; una mujer pasiva sexualmente, dependiente económicamente, frágil subjetivamente y eterno objeto al servicio de los otros, con una existencia bajo la tutela del padre, del hermano mayor o del marido, como sin mayoría de edad. Una mujer afuera de los círculos del poder, del saber y del placer o sea afuera de la cultura (..)”[3]. La mujer en nuestro país, como en el resto de Latinoamérica, fue y sigue siendo discriminada y a esta discriminación se suma, yo creo, su auto-marginamiento consciente.
II. AUTO-MARGINAMIENTO CONSCIENTE
Entre las varias causas del automarginación consciente del escenario político-público se encuentran: su miedo al poder; la desconfianza que les inspira la practica de la política tradicional –asechada por la corrupción y el dogmatismo tanto en la izquierda como de la derecha- (a) y el que sus temas prioritarios (lo cotidiano, el mundo de lo privado) no hagan parte de la agenda de los partidos y de las políticas de Estado(b).
(a) En efecto el miedo al poder les ha paralizado, con pocas y no siempre honrosas excepciones. Pienso que muchas generaciones de mujeres se educaron sin saber como establecer alianzas entre ellas y sin reconocer la importancia que ello tiene dentro del juego de las estrategias políticas. Este desconocimiento permite que se les trate como una minoría, cuando en realidad son la mayoría o la mitad, al menos, de la población nacional.
Esta suerte de segregación de la mujer puede observarse tanto en la vida civil cotidiana como al interior de las filas guerrilleras “revolucionarias” en donde las combatientes no dejan de ser consideradas como tales por sus “pares” masculinos. Como los testimonian las excombatientes guerrilleras Salvadoreñas[4] y colombianas (del M-19): en las filas ellas ocuparan las mismas tareas en la división sexual clásica del trabajo, “En la guerrilla coexistían, de una parte, el reparto de roles entre mujeres y varones y, de otra, la valoración y el reconocimiento público, de los roles tradicionales que tienden a perpetuarse con la distribución del trabajo. Por ejemplo, en el campo, las mujeres se destacaron en tareas de comunicación, educación, salud y manejo y distribución de alimentos. En la ciudad, por su desempeño en los trabajos clandestinos, casi siempre simulando ser “inofensivas mujeres”, utilizando la seducción (...) porque la guerrilla a pesar del discurso libertario en el terreno político, contribuyo a reforzar los roles femeninos y maternales en la cotidianidad de la guerra” [5]
Siendo que la mujer y la discusión misma de lo femenino se fueron postergando durante décadas, al interior de los movimientos guerrilleros, no me resulta sorprendente que las combatientes sepan también postergarse entre ellas mismas, es decir, que la competitividad interna en general sea una constante de la relación entre ellas.
La razón de este ausentismo político radica - además del miedo al poder- en el repudio a la corrupción. El que las Mujeres no desee reproducir el poder autoritario y excluyente de los hombres[6], ha ocasionado su distanciamiento de la plaza publica, la que es vista como el único espacio de la producción de lo político
Ello explicaria porque las mujeres que van al “encuentro” de un nuevo sentido del poder y la autoridad, y quizás en busca también de “el empoderamiento de las mujeres, entendiendo como tal el reconocimiento de la autoridad femenina por parte de las propias mujeres”[7], se han volcado a la sociedad civil, haciendo de este el lugar desde el cual cientos de ellas adelantan proyectos de participación social, cultural y política.
En este sector, de manera silenciosa, las mujeres alcanzan un nivel de injerencia importante y su labor en algunos casos es la única ayuda que recibe parte de la población colombiana. Día a día crecen en numero las ONG que se hallan agremiadas alrededor de situaciones muy precisas: mujeres desplazadas por la violencia, reinsertadas, madres comunitarias, asociaciones de padres de familia, grupos auto-constructores de vivienda, madres en contra del secuestro, entre otros.
El repliegue a un trabajo desde y con la sociedad civil explica por qué la participación de las mujeres tiene en la opinión publica un carácter invisible, sus acciones son desarrolladas en el espacio privado de lo domestico o cuando mucho en lo comunitario del barrio, lugares estos que, tradicionalmente, no cuentan entre los parámetros para medir la participación política.
Junto al rechazo a la corrupción, se ubica el desprecio por ese dogmatismo clásico y característico de los partidos, que solo conciben al varón como elemento político portador del carácter y la inteligencia estratégica necesarias para el manejo de los menesteres políticos, situación responsable de la existencia de una brecha entre los discursos políticos masculino y femenino que hasta este momento no se ha cerrado.
El autoritarismo y el desconocimiento del desempeño político de la mujer también se ha hecho presente al interior de la izquierda, ahí la mujer ha debido renunciar así misma, a su visión de género y padecer este dogmatismo masculino, María Eugenia Vázquez, por ejemplo que “Para ellas, penetrar en un mundo eminentemente masculino como el de los ejércitos, significó un proceso de adaptación que llevó a modificar sus referentes de identidad para desempeñarse exitosamente y sobrevivir en un mundo de varones, dirigido casi exclusivamente por varones, y aceptar los retos de competir con ellos en su propio terreno y ser valoradas por cualidades concebidas como propias de la masculinidad: el coraje, la audacia, la dureza, el don de mando, la voluntad y el arrojo. Simultáneamente, implico (...) cambiar las concepciones sobre el amor y las relaciones de pareja y también alterar las formas de asumir la sexualidad y la maternidad”[8].
No cave duda que en la subversión los hombres superan algunas formas de discriminación y subordinación para con la mujer, pero como bien lo explica Vázquez , en términos de liderazgo “Al igual que en el resto de la sociedad, la responsabilidad de las mujeres como mandos alcanzó los niveles medios. En la historia que conozco, dos mujeres hicieron parte del Comando Superior del M-19, en una proporción que no correspondía al porcentaje de participación de las mujeres en esa organización, ni al número creciente de ellas en los cargos de dirección nacional”.”[9].
Las declaraciones de Vázquez indicarían que el creciente numero de las mujeres activas combatientes del conflicto se han ausentado de la política. En “la guerra intestina” que vive Colombia la presencia de ellas es masiva, según informes oficiales al interior de las FARC un 38% de sus combatientes son mujeres y de las 5.742[10] personas que aparecen en los listados de desmovilizados, 1.299 son mujeres (22%), mientras que 4.443 son hombres (77%). Cifras que desmienten, de paso, la clásica afirmación según la cual las mujeres son sujetos que permanecen al margen de los procesos bélicos y nunca han tomado un fusil en sus manos.
(b) Empezamos un nuevo siglo en el cual, a pesar de los cambios en la participación femenina, en otras esferas, el poder político es controlado casi de manera excluyente por los hombres. Se dice actualmente que la participación más alta de las mujeres en un “proyecto de política” estaria en la insurgencia armada (algo así como un 38%). Tal comentario queda justificado gracias a los datos estadísticos oficiales según los cuales de los 1.150 municipios, solo hay 62 alcaldesas, ninguna gobernadora, un promedio aproximado del 10% en los organismos colegiados (consejos, asambleas, cámara y senado) y un 15% en los altos cargos de dirección del Estado.
Cuando se leen articulos y se escuchan los discursos y conferencias de militantes feministas, escucho siempre que las mujeres desean participar en la construcción de un nuevo país, pero sienten la necesidad de una redefinición del poder y las prácticas políticas, tanto del lado del gobierno como del lado de la insurgencia armada y todo tipo de organizaciones al margen de la ley, buscan aportar su punto de vista; proyectar a las esferas de lo público las fortalezas que han desarrollado en el espacio de lo privado y lo doméstico.
Para las mujeres es importante que los futuros gobiernos de este país posen sus ojos sobre las necesidades de la basta y variada población femenina colombiana. Necesidades definidas ampliamente en la Conferencia de Beijing + 5, entre las cuales se cuentan :
· Garantizar la participación al nivel de adopción de decisiones de las mujeres en los esfuerzos de reconstrucción sostenible de la paz, reducir la incidencia de las violaciones de derechos humanos de las mujeres en zonas de conflicto armado y reconocer y entender las especificas necesidades y riesgos de las mujeres en las políticas de atención a la población desplazada.
· Evaluar el impacto que tuvo la ley 294 de 1996 sobre violencia intrafamiliar para revisar la ley 575 del 2000, que trasladó la competencia para el conocimiento de la medida de protección de los Jueces de Familia a los Comisarios de Familia (funcionarios administrativos).
· Adoptar medidas especiales para la afiliación al SGSS y servicios en salud reproductiva para mujeres, adolescentes y niñas en condiciones de vulnerabilidad y en particular las afectadas por el conflicto armado; fortalecer iniciativas para adolescentes, para la atención a mujeres con el VIH/SIDA y para asegurar la responsabilidad masculina en la salud sexual y reproductiva; lograr la reducción de la mortalidad materna y generar un debate que conduzca a la despenalización del aborto, en el marco de una lucha más amplia de las mujeres por la autodeterminación y el control sobre su propio cuerpo; invertir recursos en investigación con enfoque de género en salud como una contribución a la disminución de las desigualdades y promover la construcción de indicadores de calidad con enfoque de género.
· Contribuir a la reducción de la pobreza de las mujeres con el ajuste al sistema de financiamiento de vivienda, asegurando el acceso de las mujeres del sector informal y en condiciones de vulnerabilidad, la participación de las mujeres en el empleo que genera el sector de la construcción y el acceso a la vivienda como un activo para las mujeres.
· Garantizar a las mujeres rurales acceso y control integral a la tierra y a los recursos productivos.
· Reconocer el derecho de la parejas homosexuales y lésbicas a la conformación de la familia y su disfrute en el acceso a la salud y seguridad social, patrimonio, propiedad y herencia, adopción y procreación y estabilidad económica.
· Reforzar el mecanismo gubernamental responsable de las políticas de igualdad dotándole, por ley, de la competencia suficiente para proponer, impulsar, coordinar y ejecutar medidas a favor de las mujeres, de mayor nivel jerárquico dentro de la administración, de mayor autonomía y demás recursos humanos y económicos.
· Implementar el Plan de Igualdad de Oportunidades con viabilidad técnica y financiera que contribuya a integrar el enfoque de género en las legislaciones, políticas, programas y proyectos estatales, y obtener y difundir datos desglosados por sexo destinados a la planificación y evaluación de políticas públicas.[11]
Hemos visto que las mujeres buscan una inclusión en la vida política activa del país, lo que reclaman en general las colombianas como las salvadoreñas, las mexicanas, las peruanas y en general el conjunto de latino americanas es la puesta en valor de sus necesidades –tomadas hasta ahora como domesticas y privadas- en una perspectiva de política publica.
Este reclamo puede ser visto como un objetivo de lucha para la profundización en el análisis de las practicas políticas democráticas. En efecto la petición de las mujeres no puede ser alcanzada sino a partir de una reconceptualizacion de lo que tradicionalmente se entiende como escenarios y esferas de participación en política, para analizar en su justo valor lo que estas ya han conquistado: un trabajo desde y con la sociedad civil, por medio del cual hacen presencia ahí en donde las instituciones estatales no llegan, a través de redes de solidaridad comunal que ayuda en la reconstrucción del tejido social.
Me parece que repensar públicamente cuales son los escenarios de la política contribuiría al “empoderamiento” de las mujeres del que habla Thomas. Esta puede parecer una labor en extremo conceptual pero para quienes creen en las ideas es necesario
[1] Dirección Nacional para la Equidad de la Mujer. Informe presentado al Congreso. 1996.
[2]En las pasadas elecciones por primera vez en la historia política del país se inscribió como movimiento político “mujeres 2000” que no solo no obtuvo una votación masiva sino que perdió en este primer intento su personería jurídica.
[3] THOMAS Florence: El perfil de la nueva ciudadana: Logros y Retos frente al nuevo milenio. Cartagena, Julio del 2000. Pág 3
[4] Para una lectura de la participación de las salvadoreñas en la guerrilla ver Jules FALQUET. Division sexuelle du travail révolutionaire: reéflexions à partir de l’experiences salvadorienne (1970-1994).
[5] María E VASQUEZ: La vida se escribe en borrador y corrige a diario: Efectos del conflicto armado en mujeres excombatientes. Taller género y construcción de la paz sostenible. Bogotá, 2000.Pág 3
[6] No quiero decir con ello que todas las mujeres sean individuos honestos e incapaces de cometer daño alguno, como ciudadanas, no son incorruptibles.
[7] F, Thomas. Ibid. Pág 7
[8] Ibid,p. 3
[9] Ibid. Pág 4
[10] Datos del –SIR- Sistema de Información de la Dirección General para la Reinserción del Ministerio del Interior, enero del año 2000
[11] Bogotá, 30 de Mayo de 2000. Confluencia de Redes de Mujeres:Red Nacional de Mujeres - Regional Bogotá; Red de Educación Popular entre Mujeres, REPEM;Red Mujer y Hábitat; Red Colombiana de Organizaciones de Mujeres Rurales;Mesa de Trabajo Mujer y Economía; Red Colombiana de Mujeres por los Derechos Sexuales y Reproductivos;Red de Salud de las Mujeres Latinoamericanas y del Caribe, Capítulo Colombia; Red Mujer y Participación Política. |